No sé si mañana podremos vernos. No puedo
decirte nada con tiempo, ni con certeza. Aquí todo funciona de manera lenta y la
acción de forma improvisada.
Estaba solo, tal vez algo roto y distraído. Quería
tomar un vino espaciosamente, consultarte algunas cosas, más allá de ese
irresistible mirarse nuestro, hasta decir alguna tontería. Después, medio
borrachos y con los deberes hechos, nos hubiéramos tumbado a escuchar las sinfonías
de nuestras respiraciones, aullando entre los recovecos de tu nuca, en la cuenca
de mi mano y las guitarras silenciosas.
Sentir el tacto de tu pelo en mi nariz,
encogiendo los omóplatos hasta verlos besarse o quebrantar, contorsionando los
brazos hasta el exquisito desgarro de los músculos. Toda la piel brillando, y el
pálpito de la oscuridad corriendo por nuestras venas de niños cristalinos y
estúpidos.
Así te hubiera abandonado, abandonándome al
recuerdo de tu olor, de tus respiraciones, de tu pequeña boca, como algo
tangible en mi mente. Una gran despedida, la mejor. Y verse de nuevo, hubiera
sido estúpido en este continente. Pero en el otro, habría prevalecido como
promesa silenciosa, desmantelando la estructura de los días y la razón.
Sin
embargo, está bien así, no quería meterte en problemas. No quería retarte otra
vez porque no sé que puedo darte de mí. A lo mejor sólo soy una ilusión, un
espectro que desaparecerá.
Buenas noches, preciosa.
martes 31 de enero de 2012
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Aún queda vino... :)
ResponderSuprimirNo me fio de ti, señorita... =)
ResponderSuprimir:P
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